Micorrizas: la simbiosis más extendida del planeta
La simbiosis silenciosa
Si tuvieras que apostar por la simbiosis más importante del planeta, la respuesta no serían las leguminosas, sino las micorrizas: la asociación entre hongos del suelo y las raíces de las plantas. Más del 80 o 90 por ciento de todas las especies vegetales forman micorrizas. No es la excepción, es la norma. Una planta sin micorriza es lo raro.
La palabra lo dice todo: mico (hongo) + riza (raíz). Es una asociación tan antigua y tan extendida que muchos botánicos sostienen que las plantas no colonizaron la tierra firme solas, sino en simbiosis con hongos. Hace más de 400 millones de años, cuando las primeras plantas salieron del agua a un suelo mineral sin apenas nutrientes ni raíces desarrolladas, lo hicieron de la mano de hongos que les conseguían el agua y los minerales. La micorriza no es un añadido evolutivo tardío: está en el origen mismo de la vida vegetal terrestre.
El trato
La lógica es la misma que en las simbiosis fijadoras, pero con otra moneda de cambio:
- La planta entrega carbono (azúcares de la fotosíntesis) al hongo. Hasta un 20 por ciento de lo que fija puede ir al socio fúngico.
- El hongo entrega agua y nutrientes minerales, sobre todo fósforo, y también nitrógeno, zinc, cobre y otros.
A diferencia de la fijación de nitrógeno, aquí el hongo no fabrica un nutriente nuevo: lo que hace es buscarlo y traerlo desde mucho más lejos de lo que la raíz alcanzaría sola. Y para entender por qué eso es tan valioso, hay que hablar del fósforo.
Por qué el fósforo lo explica casi todo
El fósforo es, después del nitrógeno, el nutriente que más limita el crecimiento vegetal. Pero su problema es distinto al del nitrógeno. El fósforo en el suelo es casi inmóvil: se une fuertemente a las partículas minerales y difunde lentísimamente por el agua del suelo.
Esto tiene una consecuencia crítica. Cuando una raíz absorbe el fósforo de su alrededor, crea a su alrededor una zona de agotamiento: una franja de suelo vaciada de fósforo que la raíz ya no puede reponer, porque el fósforo de más allá no difunde hasta ella con la rapidez suficiente. La raíz se queda, literalmente, rodeada de suelo que ya ha exprimido.
Aquí entra la magia de la micorriza. Las hifas del hongo son finísimas (mucho más delgadas que una raíz) y se extienden centímetros más allá de la zona de agotamiento, explorando un volumen de suelo enorme que la raíz nunca alcanzaría. Esas hifas absorben el fósforo lejano y lo transportan de vuelta a la raíz. En la práctica, la micorriza multiplica por mucho la superficie de absorción de la planta y le da acceso a un volumen de suelo gigantesco.
Por eso las micorrizas importan tanto más cuanto más pobre en fósforo es el suelo. En un suelo muy fertilizado con fósforo, la planta apenas las necesita (y de hecho reduce la simbiosis). En un suelo pobre, son la diferencia entre crecer y no crecer.
Los dos grandes tipos
No todas las micorrizas son iguales. Hay varios tipos, pero dos dominan el panorama agrícola y forestal.
Micorrizas arbusculares (las de los cultivos)
Las micorrizas arbusculares (MA, también llamadas endomicorrizas) son las más extendidas, presentes en la gran mayoría de los cultivos: cereales, leguminosas, hortalizas, frutales. Las forman hongos de un grupo antiquísimo y especializado, los Glomeromycota.
Su rasgo definitorio: el hongo penetra dentro de las células de la raíz y forma allí estructuras finamente ramificadas, con forma de arbolito, llamadas arbúsculos. El arbúsculo es la interfaz de intercambio: una superficie enorme de contacto, dentro de la célula vegetal, donde el hongo entrega fósforo y recibe azúcares. Algunos forman también vesículas, que son almacenes de reserva.
Detalle crucial para la agricultura: estos hongos son biótrofos obligados. No pueden vivir ni completar su ciclo sin una planta viva. Esto significa que no se pueden cultivar solos en una placa, lo que complica enormemente producirlos como inoculante (hay que cultivarlos sobre plantas).
Ectomicorrizas (las de los árboles forestales)
Las ectomicorrizas (ECM) son las típicas de muchos árboles forestales de zonas templadas: pinos, robles, hayas, abedules, eucaliptos. Aquí el hongo no entra en las células, sino que envuelve las raicillas con un manto y se introduce entre las células formando una red (la red de Hartig), sin penetrarlas.
Muchos de los hongos que recolectamos (boletus, níscalos, trufas, amanitas) son precisamente las setas de hongos ectomicorrícicos: la seta es el órgano reproductor de un hongo que vive asociado a las raíces de un árbol concreto. Por eso ciertas setas crecen solo bajo ciertos árboles. La trufa negra y la encina, el níscalo y el pino, son matrimonios micorrícicos.
Existen otros tipos menores (ericoides en brezales, orquideoides en orquídeas), pero arbusculares y ectomicorrizas cubren lo esencial.
Más allá del fósforo: otros beneficios
Aunque el fósforo es la estrella, la micorriza aporta más:
- Agua y tolerancia a la sequía: las hifas también captan agua, ayudando a la planta a resistir el estrés hídrico.
- Protección frente a patógenos: una raíz bien micorrizada resiste mejor a hongos patógenos del suelo, por competencia y por activar las defensas de la planta.
- Estructura del suelo: las hifas pegan partículas y los hongos arbusculares producen una proteína llamada glomalina que estabiliza los agregados y contribuye a almacenar carbono en el suelo.
- Red de conexión entre plantas: las hifas de un mismo hongo pueden conectar las raíces de varias plantas vecinas, formando lo que se ha popularizado como la “red micelial común”. A través de ella pueden circular nutrientes y señales entre plantas, un fenómeno fascinante y todavía en estudio.
Qué le importa a la agricultura
La micorriza es un activo agronómico de primer orden, pero con matices que conviene conocer:
- La mayoría de los cultivos son micorrícicos y se benefician de una buena colonización, sobre todo en suelos pobres en fósforo. Hay excepciones notables que no forman micorrizas: las crucíferas (coles, colza) y las remolachas.
- El laboreo intensivo rompe la red de hifas y reduce las micorrizas. La siembra directa y el menor laboreo las favorecen.
- El exceso de fertilización fosfatada las inhibe: si la planta tiene fósforo de sobra, deja de invertir en el hongo. Un manejo que dependa solo de fertilizante químico desactiva la simbiosis natural.
- Los inoculantes micorrícicos existen y se usan, sobre todo en viveros, trasplantes y cultivos de alto valor, aunque su producción es más complicada que la de los inoculantes bacterianos por la biotrofia obligada.
La lección de manejo es clara: una agricultura que cuida la micorriza (menos laboreo, fertilización fosfatada moderada, rotaciones) obtiene gratis un servicio que de otro modo habría que comprar en forma de fertilizante.
Ideas para llevarse
- Las micorrizas (hongo + raíz) son la simbiosis más extendida: más del 80-90 % de las plantas las forman.
- El trato intercambia carbono de la planta por fósforo, agua y minerales del hongo.
- El fósforo explica su valor: es inmóvil en el suelo, y las hifas exploran más allá de la zona de agotamiento que la raíz no alcanza.
- Dos tipos dominantes: arbusculares (cultivos, hongo dentro de las células, biótrofos obligados) y ectomicorrizas (árboles forestales, hongo envolviendo las raíces, muchas setas comestibles).
- Aportan también agua, protección frente a patógenos, estructura del suelo (glomalina) y conexión entre plantas.
- El laboreo intensivo y el exceso de fósforo las reducen: cuidarlas es agronomía sostenible.
En la siguiente entrega
Has visto a los socios fúngicos. La siguiente entrega presenta al grupo bacteriano que reúne todos los servicios beneficiosos en una sola sigla: las PGPR, bacterias promotoras del crecimiento que fijan, solubilizan, fabrican hormonas y defienden a la planta de sus enemigos. Lo siguiente.